El chucho. SÁMSARA

No sabía cuanto tiempo llevaba ladrando. De hecho, no se había dado cuenta de que estaba haciéndolo hasta que unas ligeras cosquillitas en su nariz lo sacaron de su ensimismamiento. 

Ahuyentó con un movimiento involuntario de su mano derecha al posible insecto y fue cuando se percató de que un perro del vecindario estaba ladrando. Insistentemente. Pareciera que estuviera poniendo todo su ser en ese ladrido agudo y persistente. 

De nuevo sintió el cosquilleo que le producían las diminutas patitas al trotar por su sensible piel. Supuso que sería una mosca. Extremo que confirmó al oír su seseante zumbido, cuando volvió a espantarla con su mano. Exhaló un suspiro de aburrimiento.

Abajo, en la calle, el indignado can, continuaba empeñado en demostrar su fiera determinación a quién osara dudar de su amenazadora figura, aunque por la tonalidad quisquillosa y lo repetido de sus ladridos, diríase que se trataba de un perro faldero. De esos nerviosos y asustadizos, de ojos saltones.

Finalmente abrió los ojos. No podía concentrarse. Había querido meditar unos minutos, pero su intención había quedado interrumpida. A pesar de los inconvenientes le parecía que había estado en actitud meditativa un buen rato. Había superado el calor del ambiente y pudo retirar su consciencia a un lugar profundo de su ser. 

Permaneció un tiempo indefinido hasta que involuntariamente una pequeña distracción lo llevo a sentir aquel insecto y a darle un manotazo. Le pareció curioso no haber advertido durante su meditación la presencia de los ladridos del perro enojoso y enojado y si haber sentido la presencia de la mosca en su nariz. Cosas raras de la práctica meditativa en la que poco a poco se iba introduciendo.

Meditar era prestar atención absoluta a su cuerpo, a las sensaciones que permanecen y luego se amortiguan. Es volcar el interés en si mismo, en cómo se siente uno, en aspectos como qué temperatura hay, qué sostiene tu cuerpo, qué sonidos te rodean, e ir dejando pasar las cosas concretas como son tus propios pensamientos. Perderse poco a poco en la profundidad de tu consciencia, hasta llegar a un punto de no experimentar nada. Sólo la quietud. El equilibrio. La paz.

Esos momentos son solo instantes, pero perduran en tu recuerdo mucho más allá. A veces, cuando la vida ajetreada lo sacudía fuerte, evocaba esos momentos sagrados de quietud espiritual. Se había habituado a meditar con cierta regularidad, casi a diario y hoy como era pleno verano había decidido hacerlo en su terraza.

Hasta que su consciencia lo llevo al inoportuno perrito chillón. Viendo que su sesión de hoy no podría continuar decidió dedicarse a su actividad preferída. La "dolze fare niente". No era bien, bien meditar, pero permanecer relajado y no hacer nada, cuando el calor aprieta le parecía una actividad fantástica.

El perro seguía empeñado, allá abajo, en demostrar su inquebrantable tesón. Ladraba más fuerte, más chillón y más rápido. O eso le pareció. Menudo energúmeno. Quiso levantarse y asomarse a la terraza a ver que era lo que excitaba tanto al pequeño cánido pendenciero, pero su laxitud y vagancia se lo impidió. En pleno verano, cuanto menos esfuerzo, mejor.

Se sintió exangüe y se abandonó a la pereza. No se iba a levantar para ver qué pasaba. No pareciera muy interesante ver a qué o a quién ladraba ese pequeño cabronzuelo. Y a pesar del ruido y el follón y la curiosidad que sentía por saber que indignaba tanto al chucho, siguió sentado en su cojín de meditar, abandonado al no hacer nada, sano deporte estival, que tanto le apetecía.

SÁMSARA