La vaca. SÁMSARA

Los orificios de su hocico se contraían y dilataban al ritmo de su respiración. Sus ojos, redondos, inocentes, lo miraban en una constante interrogación. Era como si una pregunta sin respuesta se elevara al aire sin la intención expresa de caer en ningún lugar concreto.

Su postura aparentemente impasible, denotaba un miedo profundo a los acontecimientos. Más allá de su imponente tamaño se percibía una inquietud eterna. Su cola oscilaba mansamente y algún músculo vibraba nervioso bajo la capa de su piel.

Por lo demás, nada hubiera hecho notar la inquietud que le transmitía el observarla con detenimiento. El lugar en el que se hallaban era maravilloso. Un prado se extendía frente a su vista, las flores silvestres bordaban el paisaje verde intenso.

El terreno ascendía ligeramente en una cuesta de extensión interminable. Al fondo las montañas nevadas, que conformaban el valle, delimitaban el horizonte. El cielo azul, ribeteado de jirones blancos, dejaba sentir el calor del sol que se mezclaba con el fresco aire puro. 

Los insectos zumbaban a su alrededor como en una sinfonía minimalista. Los aromas de la primavera penetraban en su nariz llenando sus pulmones y vivificando su interior. Sonaban espaciadamente los cencerros aquí y allá en la explanada donde el rebaño pastaba.

Unas eran marrones, otras blancas y bicolores. Los terneros seguían a sus madres haciéndose notar con sus saltos y quiebros. Todas las vacas pastaban por la ladera como si fueran una postal de un paisaje alpino.

La que te tenía frente a él, de color caramelo, enorme, movía la cabeza como asintiendo y le seguía, curiosa, oliéndole la palma de su mano. Él se sentía abrumado por su tamaño, sobrecogido e impresionado con la familiaridad con la que el animal le trataba, a pesar del temor profundo que percibía de la res.

Se sabía depredador, se sabía animal superior en la escala alimenticia, sin embargo se sentía expuesto ante la enorme bestia que lo miraba intrigada buscando respuestas que de algún modo no iban a llegarle. 

Y ahí estaba frente a él, observándole. La vaca dio un paso para acercarse. La hierba crujió bajo sus enormes pezuñas y un ligero y cercano temblor en el suelo le indicaba su peso. Esos ojos inocentes, lo escudriñaban, parecían querer comprender. De nuevo, esos enormes orificios nasales ventearon su mano, mientras una lengua rosada y larga, puntiaguda y caliente le lamió la mano y el brazo.

Él dio un respingo, pero se mantuvo. Expectante. No podía demostrarle el temor que sentía, se dijo a sí mismo. Al instante el animal retrocedió meneando la cabezota, como si quisiera sacudirse una idea inapropiada. Parecía tan humana…

El animal siguió retrocediendo mirándole de soslayo. Como si hubiera comprendido que sus mundos eran muy diferentes. Como si hubiera entendido que ella era la presa y ese otro ser flacucho fuera el depredador. Algún instinto, alguna alarma interna, ancestral, la hizo retirarse unos metros. 

Para él, el gesto del animal, también fue definitivo. Había sentido el calor del lametazo tibio de la vaca y algo en su interior se despertó. No era algo normal o convencional. El orden de las cosas en la vida se había alterado. Las vacas no pueden confiar en sus explotadores. Sabía que los mundos que habitaban eran tan dispares… tan eternamente opuestos.

Pero por un instante él había sentido una conexión impensable. No podía dejar de sentir el peso de la mirada del animal, ni la tibieza de su lengua rosada, ni la inteligencia de otro universo. Qué extraña y rara sensación ¿Cómo podían vivir en el mismo mundo dos seres tan opuestos? Él había comido tantas veces carne de ése animal y es como si la vaca lo comprendiera y aún así lo aceptara.

Pero no por ello pertenecían al mismo universo. Seres de planos opuestos: depredador y presa, verdugo y víctima. Comedor y comido. Dos mundos paralelos, que difícilmente se iban a encontrar en la distancia del devenir. Aunque quién sabe, ambos serán pasto algún día. Ambos serán polvo de la misma tierra que ahora les sustenta.

Ambos seres de diferentes mundos, que moran en el mismo planeta. Ambos seres cuyo sol les calienta por igual y a quienes la lluvia les moja del mismo modo. Extraña comprensión. Rara realidad.

SÁMSARA

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Ambos. SÁMSARA



La rugosidad alquitranada se extendía frente a sus pasos. Los huecos y grietas del asfalto tomaban una dimensión espacial cuando centraban sobre ellos su atención y un mundo paralelo se vislumbraba a medida que iban deslizándose por la franja gris.


Ambos iban caminando por el arcén de la carretera que se extendía infinita por delante, siguiendo las ondulaciones suaves del terreno. La linea blanca pintada estaba desdibujada y se extendía paralelamente a lo largo de su mirada, allá hacia donde se perdía la vista.

Caminaban, uno junto al otro, compañeros de vida. Tenían una ligera idea de hacia adonde iban, pero tampoco podían confirmarlo con precisión, sencillamente seguían el recorrido que les indicaba la poco transitada carretera.

Hacía ya un buen rato que no circulaban vehiculos, de hecho, habian visto muy pocos desde que comenzaron a caminar. La carretera era de dos sentidos pero parecía una carretera secundaria de poco tránsito.

A los lados del trayecto se extendía un campo yermo de bajos matorrales a un lado y al otro pequeños bosquecitos de pinares, robles y castaños. El olor a tierra seca y flores silvestres penetraba y destacaba claramente sobre el aroma del asfalto antiguo y caliente por el sol tibio de la mañana.

El y ella hablaban con cortas expresiones, directas al grano, sin concesiones a la galería, estaban solos y no era necesario los adornos ni los golpes de efecto en el lenguaje. Transmitían parte de su mensaje desde lugares mas allá del lenguaje. Su postura, miradas, pausas, respiración, gestos daban tanta información como las palabras elegidas desde la intuición y la conexión.


Compañeros de vida. Almas de un mundo intangible, que no se puede asir, cuerpos fuertes y capaces, cuidados y en forma. Cicatrices profundas, gestos y sensaciones antiguas, amor profundo y calmado. Vida aún por delante y estima mutua que habitaba entre los espacios vacíos de los poros eternos del Ser.

Caminaban juntos, a sabiendas de un fin indeterminado pero seguro al mismo tiempo. Olor a tierra, a flores del margen de la carretera, extensión eterna por delante y amor profundo arraigado como metástasis en su esencia, formando parte del tejido de ambos. Unidos para siempre en ese transcurso, camino de vida infinito.

Sabían todo el uno del otro. Y aun así cada “ene” pasos descubrían algo nuevo: un matiz, un suspiro, un olor, una sensación, un anhelo y un hastío. Todo parte de dos vidas maravillosas, sencillas pero complejas, de amor, concesiones, admiración mutua y respeto. Confianza y dependencia. Dos seres completos juntos unidos sólo por esa carretera larga, interminable, que a veces dolía en los pies, a veces inflaba sus pulmones de esperanza y sabiduría.


Ora hablaban, ora callaban. Y si atrás miraban, una sonrisa en su cara dibujaban. Más por la complicidad y la indulgencia del recuerdo que por la experiencia transitada. Sabían que estaban aquí, en mitad del camino aun por recorrer, gracias a las elecciones pasadas. Elecciones que transformaron en lecciones, por el mero hecho de entender a cada paso, el para qué del pasado.

Olor a calor. A flores silvestres y asfalto. Camino por delante. También pasado ya atravesado. Ambos, juntos a un lado. Por delante el trayecto, la ilusión de lo esperado y el aprendizaje de lo inesperado. Juntos, ambos, en la misma carretera, tocando de pies al asfalto, sintiendo el amor a cada paso, con el corazón entre uno y otro y la mente en el momento. Memento al detalle, a la vida y a lo verdaderamente relevante.

Vida, amor, camino, experiencias, propósito y detalle. 

Sámsara.

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La ducha. SÁMSARA

El agua corría por su espalda, deslizándose por su desnuda piel, limpiando y llevándose los restos de jabón. Estaba caliente y provocaba una sensación agradable en contraste con el aire frío del ambiente.

El vapor de agua ascendía sobre su cabeza y se pegaba en las paredes del cuarto, perlando los azulejos y cristales de la ventana. Allá afuera soplaba el viento fuerte que hacía mover las hojas de los árboles en un frenético oleaje, un vaivén intermitente.

Era una mañana desapacible, pero en el interior del baño se perdía la noción del tiempo. El exterior quedaba amortiguado como alejado de su conciencia. No pertenecía a su mundo si no a un más allá, cercano a pesar de todo.

Volvió a enjabonarse, frotando vigorosamente primero, para pasar a hacerlo con mimo, después. Algo hizo que prestara atención a lo que estaba haciendo. Hoy, realmente, no tenía prisa. Era un día cualquiera, pero tenía la mañana libre por cuestiones de su trabajo y pudo permitirse no salir de la ducha con las prisas matutinas.

Siguió frotándose con los dedos de sus manos, primero los antebrazos, sintiendo el tacto de la espuma jabonosa en el vello. Empezó a dibujar círculos sobre su piel, siguiendo por sus brazos. Era como si mientras se frotaba con calma, estuviera abrazándose al mismo tiempo.

Suspiró relajadamente, exhalando el aire caliente a través de sus labios fruncidos, mientras cerraba los ojos para deleitarse en el momento. Siguió abrazándose mientras se enjabonaba frotando delicadamente, haciendo círculos concéntricos.

Sintió que esa pausa en lo cotidiano tenía mucho que ver con el amarse a uno mismo. ¿Porqué siempre tantas prisas? Se sorprendió haciéndose esa pregunta retórica en su interior. Ni se molestó en contestarla, porque ese hecho hubiera puesto mente y razón a un momento mágico e íntimo como ese.

Se frotó el cuello, con suavidad. Ya no sentía ningún tipo de urgencia. Y mientras lo hacía prestó atención plena a la calidez del agua que caía sobre su cabeza. Agua inagotable y cómoda, solo tuvo que mover su cabeza, ladearla de un modo tal que el agua cayera sobre sus hombros. Que maravilla disfrutar de ese lujo tan escaso para otros.

Sintió una sensación de agradecimiento. Un calor interno que fue invadiéndole. Una sensación de paz y armonía que hacía tiempo que no sentía. Y precisamente a eso se dispuso en ese preciso instante. Se dispuso a sentir.

Y sintió la calidez del agua en la piel de su espalda, sintió el aroma del jabón. Sintió la humedad y el calor en su cuerpo. Sintió amor y compasión por su ser, por su cuerpo. Sintió chapotear sus pies en el agua de la ducha, sintió el olor ligero al cloro del agua tratada. Sintió el placer de frotar sus nalgas con el jabón, también su sexo.

Era el placer de sentir, sin prisas. La esquisitez del momento que no tardaría en pasar, pero que ahora era tan presente. Instante que perdura lo que un guiño. Presente que en breve será pasado. Por eso sintió, más que nunca en otros momentos, el valor de las sensaciones.

Inspiró el aire profundamente. Recogiendo aromas del presente. Sintió cómo el aire caliente se introducía en sus adentros que inflaron su pecho y su abdomen para, luego, al poco, dejarlo escapar acompañado de un tibio gruñido. Entrebriendo la boca y emitiendo una ligera exclamación de libertad.

Dejó ir, ahora, el aire a través de sus labios que formó un remolino entre los miles, no sé si millones, de partículas de agua en suspensión. Cerró los ojos en gesto placentero, echando el cuello hacia atrás mientras continuaba con su ritual. Hacía tiempo que no se permitía un momento tan mágico.

Finalmente, cuando se sintió en paz, en armonía con su ser, hizo el gesto de terminar. Cerró la llave del agua y se quedó en silencio. Los brazos inertes a lo largo de su cuerpo. Sintiendo ahora el contraste al no caer ya el agua sobre su cuerpo. Un estremecimiento recorrió su cuerpo como un latigazo eléctrico. Circunstancia que cerraba esa momento mágico.

Ahora, mientras buscaba con la mirada la toalla para secarse, supo que el momento presente era eterno. Pues a cada instante le sucede otro. Y a otro, otro más. Ninguno es igual, ni permanece inalterado.

Alargó la mano para coger su albornoz mientras con ese gesto daba paso a la continuidad de nuevos momentos, o quizás, continuos presentes.

SÁMSARA

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Las Calles. SÁMSARA



El viento le removía el rubio cabello, que se le pegaba a la frente y la cara, mientras las frías gotas de lluvia le golpeaban el rostro. Se había cubierto con la capucha de su delgada chaqueta forrada de plumas pero la sensación era maravillosamente agradable.

Hacía frío y había salido a pasear por la ciudad. Había tenido una mañana de duro trabajo, pues hubo de presentar un artículo en la redacción que debía publicarse al día siguiente. Cuando tenía algún encargo urgente parecía que tenia que dejarlo todo y sólo centrarse en esa tarea, lo cual la agobiaba sobremanera y la obligaba a encerrarse y escribir, tanto si sabía el qué como si no.

Le encantaba su trabajo. Poder moldear con sus palabras, esa realidad tan fría e inhumana, la motivaba y se sentía llamada a ello pero, a veces, se le hacía duro enfrentarse al papel en blanco. Y en esas circunstancias no había escapatoria, debía generar su contenido con la premura del momento y la falta de inspiración en contra. 

Como siempre que se lo proponía acababa cumpliendo con sus obligaciones, aunque muchas veces el precio que debía pagar en forma de nervios, estrés y otros quebraderos de cabeza, era ciertamente alto.

Eso es lo mismo que le había pasado ahora. Había terminado su deber y obligación para con la redacción de la revista, pero su cabeza zumbaba como si tuviera un enjambre de abejas en su interior. Estaba aturdida y necesitaba airearse. Cogió su chaquetilla y se lanzó a la calle de su querida ciudad.

Y allí estaba ella. Sintiendo la fina lluvia y el intenso viento y lo recibió con esa sensación de expansión que le hacia sentirse en union con la vida, con el mundo y con lo mas profundo de sus ser.

Veía a su alrededor a las personas correr entre los portales para mojarse lo menos posible. Vió incluso una persona cómo resbalaba y casi caía de culo contra el duro suelo. Pudo escuchar el reniego del peatón y el gesto de dolor al recibir esa tensión en los lumbares.

Se abrigó un poco más, arrebujándose con sus manos cerrando el cuello de su jersey y encogiéndose en la escasa protección que le ofrecía su delgada chaqueta. Aunque para ella, sentir ese frescor y ese viento y los gotones de fría lluvia, eran algo liberador, después de haber pasado tantas horas encerrada.

Acogió de buen grado y dio la bienvenida a cada racha de viento, a cada remolino de hojarasca y agua y a cada golpe de viento frío, porque le hacían sentir que estaba viva. Que estaba conectada con la esencia de la naturaleza. 

Allí, en las calles. Rodeada de coches, viandantes, contenedores de basura, semáforos y asfalto, también podía sentirse la fuerza de los elementos. La naturaleza también allí se expresaba, a su modo. Si prestabas atención de forma hipnótica en un baile de residuos humanos, envoltorios, papelotes y plásticos, que danzaban al ritmo que la naturaleza imponía.

Allí, en las calles, pudo sentirse en comunión con su ser, mientras el cabello se le pegaba como cuerdas de esparto en su fría cara, bocanadas de aire cosmopolita, rodeada de sonidos urbanos. El acelerar de un motor, el claxon de los vehículos, la lejana sirena de una ambulancia, la unían paradójicamente con la esencia de su alma.

Allí, en las calles, tras el trabajo cotidiano realizado y la satisfacción de haber contribuido, pudo alzar el mentón, elevar su mirada al cielo gris y soltar un suspiro de satisfacción. 

El universo estaba con ella y ella estaba en el centro de la vida. Cogió aire, miró con satisfacción y amor a su alrededor y continuó el frío, incomodo y liberador paseo. 


SÁMSARA 
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El martes. SÁMSARA


Contemplaba el paisaje embelesado. La paz se respiraba cuando miraba el verde valle desde lo alto de la colina. Había llegado allí después de unas horas de caminata. La subida no era muy escarpada pero había sido una cuesta constante, sin casi ningún tramo en bajada o llano.

Se habia "liado la manta a la cabeza" y había decidido marchar de la ciudad el día anterior. Estaba en un momento laboral y familiar complejo, las cosas no estaban yendo como él quisiera y sentía que necesitaba darse un respiro.

Ese día se había levantado temprano, fue a la ducha y desayunó como habitualmente, pero había algo en el aire que indicaba que iba a ser un día diferente. Fuera de la rutina. Estaba animado ante la perspectiva de no acudir a la oficina esa mañana.

La noche anterior se había preparado una fiambrera tipo "Tupperware" con verduritas y quinoa. Le encantaba esa receta y lo mejor era que no necesitaba comérsela caliente. Metió en su mochila deportiva la comida preparada, añadió unas frutas, también frutos secos, dos botellas grandes de agua y lo dejó todo preparado en el recibidor de su apartamento.

Se visitó con emoción, pensando en el buen plan que iba a disfrutar. Se puso ropa deportiva y se abrigó por capas. Sabía que en la montaña el clima podía ser muy disparatado. En un momento podías achicharrarte de calor y al siguiente pelarte de frío.

Era martes. Un martes cualquiera y la idea de no pasarlo encerrado en su despacho lo llenó de ilusión. No le había costado convencer a su jefe de que necesitaba un día de asuntos propios. De hecho, trabajaba tanto, que le debían aún días de vacaciones. Necesitaba en este momento evadirse y hacer algo para romper la monotonía.

El trayecto desde la ciudad era poco más de una hora y la verdad, como no habían domingueros, se le hizo muy rápido. Mientras él salía de la ciudad temprano, veía cómo los coches entraban en dirección contraria. Eso le hizo sentir una oleada de emoción. Se sentía diferente. Mientras ellos entraban en sus rutinas, él salía de ella.

Qué sensación de gozo y placer. Era una sensación intensa que le ponía de buen humor. Se descubrió a si mismo silbando y tarareando una cancioncilla del momento. El "jingle" de un anuncio. Cuando se dió cuenta le entró la risa mientras cavilaba sobre la situación y el momento que estaba experimentando.

Aparcó el coche en una zona solitaria, aunque por el espacio y los indicadores, esa misma zona en fin de semana seguramente estaría llena de domingueros. Cogió sus bártulos, se los cargó a la espalda y se encaminó montaña arriba. Era una ladera suave, verde, con árboles y clima fresco. Respiró hondo dejándose llenar sus pulmones de aire fresco. La emoción lo embargó.

El olor a tierra húmeda, a bosque y vegetación. El olor a la madera de los árboles y a la humedad de los helechos. El cantar de los pájaros y graznar de un córvido. El zumbido de un insecto y rumor de las hojas secas en el suelo producido por algún animalillo del bosque. En ese momento sintió como su pecho se dilataba y su alma se expandía.

Ese es el lugar y el momento que no quisiera dejar escapar. Lo sintió intensamente mientras caminaba despacio. Extendió los brazos, como dejándose impregnar por esas sensaciones. Estiró el cuello, elevó la mirada y observó el límpido cielo azul, el aire fresco lo vivificó y la calma lo inundó.

Era un instante que valía todos los pasados y futuros. Era el momento único que lo abarcaba todo.

Había nacido para sentir eso. Y se había olvidado hasta ése momento. Hasta ese preciso instante.

Ahora estaba sentado en la cima del valle y su contemplación lo sumía en un letargo que hacía tiempo que internamente añoraba. Sabía que era finito y pronto debería volver a su rutina. Pero, por una vez en mucho tiempo, no le importó. Disfrutó y vivió el aquí y ahora y no permitió que su mente lo alejará de allí. Y no fue hasta que el sol fue cayendo que se dispuso a volver al aparcamiento donde había dejado su coche.

No tenía prisa por dejar de vivir esa paz. No había motivos para hacerlo. Era ya mucho tiempo que había esperado. Ahora solo importaba vivir el momento.

SÁMSARA.

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El mercado. SÁMSARA

El olor característico a mar salada era penetrante y le llevaba con claridad a sus recuerdos de infancia. Pasaba cerca del puesto de venta de pescado y pudo observar las sardinas en salazón, el rape, la merluza, calamares y otros pescados expuestos con armonioso orden, mientras los tenderos charlaban con sus clientas y despachaban sus mercancías.

Caminaba bajo la bóveda acristalada sujeta con sus nervios de acero, que se desplegaban a lo largo del lugar, como si fuera un bosque de árboles metálicos de líneas rectas y simétricas. Se orientaba entre los puestos y tenderetes del mercado, mirando aquí y allá. 

Veía desfilar las gentes a su alrededor, él estaba convencido de que cada una de esas personas era un complejo universo y se sorprendía a si mismo divagando y echando al vuelo su imaginación para construir historias que seguramente no tenían nada que ver con la realidad. O si ¿cómo podía saberlo?

Pasaba por la sección de charcutería y carne, con esas peculiares luces rosadas que intentaban dar un tono más apetitoso a los embutidos y filetes. No le hacía especial gracia ver las viandas, chorizos y piernas de jamón colgando del techo, en macabro espectáculo, más digno del terrorífico taller de algún Mr. Hyde de turno.

Pero las gentes hacían cola en ese mini matadero, aunque reconoció que, si bien el espectáculo no era muy agradable, sentía cierta atracción atávica al observar la escena y sintió un ligero retortijón de hambre al ver los jabugos de aspecto brillante y aceitoso. 

Meneó la cabeza para alejar las escenas escabrosas que se le venían a la mente al ver toda esa carne rojiza.

Era extraño sentir esa mezcla de repulsa y salivera. Por una lado imaginaba a los pobres animales desangrándose y huyendo del matarife y por otro lado recordaba el delicioso sabor de las barbacoas que había disfrutado entre vinos y champanes con familiares y amigos. 

Dándole vueltas a esos recuerdos y sensaciones entró en la zona de verduras y frutas. Eran preciosas todas esas naranjas, calabazas, tomates, coles, lechugas y zanahorias y muchas más verduras que se extendían como ejército formado en rigurosa revista. 

En el aire flotaba un aroma dulzón y de mohos. Mezcla de todos esos vegetales que se mantenían frescos gracias a la baja temperatura del mercado municipal. Era diciembre y hacía frío. Se arrebujó en su bufanda mientras aspiraba ese aroma más relajante que en la sección anterior. 

Berenjenas, alcachofas, castañas y setas. Todo bien presentado y bonito. Entraba por los ojos y le entraron ganas de comprar, pero no quería hacerlo porque estaba de paso y no le apetecía cargar con la compra hasta su casa.

Las verduleras, en efecto, gritaban más de la cuenta y una sonrisa se dibujó en su rostro. Es verdad, se dijo. El saber popular está lleno de tópicos bien ciertos. Unas mujeres más entradas en carnes, otras más delgadas, pero todas vistosas exhibían sus mercancías con esmero. Le encantaba visitar los mercados.

Esa maravillosa mezcla de sensaciones, olores y experiencias que tanto le hacían vibrar y sentir. Así se le manifestaba la vida, evocando recuerdos de su infancia, momentos y experiencias vividas y sueños aún por ocurrir. Se sentía pletórico y feliz observando todo ese mundo lleno de color, gentes y abastos.

Todo el mercado estaba adornado con motivos navideños y sonaban los clásicos villancicos de Navidad. Se descubrió a si mismo canturreando el Fum... fum... fum... dejandose llevar por el sonido emitido por los altavoces de sonido metálico que estaban repartidos a lo largo del enorme hangar.

Era casi Navidad y prácticamente no se había ni dado cuenta. Hace poco que acabó el verano, empezaron los primeros fríos del otoño y ya estábamos en pleno invierno. Hoy, un día 21 de diciembre, precisamente comenzaba la época hibernal, el momento en que el sol permanecía más alejado de nuestra madre tierra y también describía un arco diurno menor en el hemisferio norte. 

Pensó en sus amigos y familiares sudamericanos. Argentinos, colombianos, peruanos. Que suerte tenían de pasar una navidad en biquini. Se los imaginó y se puso contento con la idea de un Papá Nöel achicharrado por el calor tropical.

Paseando llegó a la zona de las chucherias y frutos secos, allí las guirnaldas y abetos de plástico de navidad señoreaban los puestos de golosinas. Monedas de oro de chocolate, caramelos con forma de bastón rojiblanco, polvorones y los riquísimos turrones. Sintió, ahora sí que si, cómo salivaba y se le licuaba la boca.

Ese fue el momento que eligió para girar sobre sus talones y marchar de allí. No sabía si podría soportar la tentación y zamparse alguna de esas ricuras tan golosas. Estaba en eterna dieta y no quería tener más sobrepeso del que debía. Aunque si por el hubiera sido se hubiera zampado alguno de esos alfajores o turrones de almendras.


Sin más, atravesó las puertas metálicas que cerraban el viejo mercado y se dirigió hacia la húmeda y oscura tarde, pues aunque solo eran las seis ya había anochecido. Se cubrió bien con su abrigo y se deslizó calle abajo entre el jolgorio de luces de la pequeña ciudad.
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La carretera. SÁMSARA

El sol entraba a través del cristal del parabrisas y provocaba sinuosos reflejos en el interior del vehículo. Las pequeñas motas de polvo tomaban relevancia al recibir el impacto de los rayos solares, y le gustaba observarlos por lo cotidiano de la experiencia, aunque sin perder la noción en tal fugaz detalle, puesto que debía prestar atención a la conducción.

Era uno de esos trayectos que tantas veces había hecho, en una carretera bien asfaltada y segura, aunque llena de largas curvas que tejían el recorrido entre las pequeñas montañas. Estaba desplazándose por una zona boscosa, ligeramente montañosa y su destino era la localidad donde vivían sus padres.

El simple acto de discurrir por esa carretera le conectaba con las sensaciones de amor hacia papá y mamá. Ambos eran personas mayores, pero gozaban de excelente salud. Además disfrutaba enormemente de charlar con ellos, pues la edad no había limitado su capacidad si no que, al contrario, la había aumentado. 

Se sentía feliz de ver cómo, al mismo tiempo de ir avanzando en edad, avanzaban en sabiduría, y deseó para si esa misma cualidad. Ojalá llegara a su edad con esa claridad y fortaleza, sentía gran admiración y orgullo por sus progenitores, así como gran fortuna por poder disfrutarlos. Aunque no fuera tanto como quisiera, pues sus obligaciones en su trabajo se lo impedían.

Las curvas en esa conocida carretera seguían transcurriendo provocándole una sensación de confort, mientras el sol penetraba y le calentaba los brazos, el pecho y la cara. ¡Suerte de sus gafas oscuras! Sino difícil sería seguir la trazada sin cerrar los ojos, con la tempranera luz sobre el cristal, impactando en sus retinas.

Se le hacia largo el trayecto, no por la hora y algo que tardaría, sino por la ligera impaciencia que sentía emerger en su interior. Sentía, más que imaginaba, el cálido olor del café con leche que le esperaba al llegar al hogar de sus padres. Sonreía para sus adentros mientras imaginaba el cálido recibimiento que iba a disfrutar, el abrazo amoroso y sincero, limpio, alegre e intenso. Disfrutaba pensando en la conversación que iba a haber, casi siempre siendo el foco de su atención.

¿Cuantas veces las personas disfrutamos de la atención de nuestros semejantes? Pues allí, sería yo quien recibiera ese baño de atenciones. Aunque debería ser al revés y siempre quería que fueran ellos los atendidos, pero acababa dejándose arrastrar por su cálida atención, su amoroso cuidado, su incondicional apoyo.

Nunca podría agradecerles tanto amor recibido, tantas caricias en forma de consejos, tanto apoyo también material. Por eso, cuando se acercaba el día de hacerles una visita, esa carretera se le hacía larga, precursora de momentos cálidos, curvas suaves sobre el gris asfalto, con el sol afuera sobre el cristal y el sordo sonido del motor del coche.

Con cada curva su cuerpo se inclinaba, se dejaba mecer. Curvas largas, amables, serenas. El traqueteo de la calzada, el rugir del motor, el calor ligero de la mañana de otoño lo acunaban. No se dormía, estaba totalmente alerta, pero se dejaba llevar por la sutil sensación de estar realizando un viaje al encuentro de sus raíces. Otros vehículos circulaban, en mansa procesión, ajenos a su momento de ilusión contenida, de enigma mágico a punto de resolverse. Atención plena al instante momentáneo.

Ya estaba llegando, una sonrisa amplia se dibujó en su boca, solo de pensarlo.

SÁMSARA 
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