Las Calles. SÁMSARA




El viento le removía el rubio cabello, que se le pegaba a la frente y la cara, mientras las frías gotas de lluvia le golpeaban el rostro. Se había cubierto con la capucha de su delgada chaqueta forrada de plumas pero la sensación era maravillosamente agradable.

Hacía frío y había salido a pasear por la ciudad. Había tenido una mañana de duro trabajo, pues hubo de presentar un artículo en la redacción que debía publicarse al día siguiente. Cuando tenía algún encargo urgente parecía que tenia que dejarlo todo y sólo centrarse en esa tarea, lo cual la agobiaba sobremanera y la obligaba a encerrarse y escribir, tanto si sabía el qué como si no.

Le encantaba su trabajo. Poder moldear con sus palabras, esa realidad tan fría e inhumana, la motivaba y se sentía llamada a ello pero, a veces, se le hacía duro enfrentarse al papel en blanco. Y en esas circunstancias no había escapatoria, debía generar su contenido con la premura del momento y la falta de inspiración en contra. 

Como siempre que se lo proponía acababa cumpliendo con sus obligaciones, aunque muchas veces el precio que debía pagar en forma de nervios, estrés y otros quebraderos de cabeza, era ciertamente alto.

Eso es lo mismo que le había pasado ahora. Había terminado su deber y obligación para con la redacción de la revista, pero su cabeza zumbaba como si tuviera un enjambre de abejas en su interior. Estaba aturdida y necesitaba airearse. Cogió su chaquetilla y se lanzó a la calle de su querida ciudad.

Y allí estaba ella. Sintiendo la fina lluvia y el intenso viento y lo recibió con esa sensación de expansión que le hacia sentirse en union con la vida, con el mundo y con lo mas profundo de sus ser.

Veía a su alrededor a las personas correr entre los portales para mojarse lo menos posible. Vió incluso una persona cómo resbalaba y casi caía de culo contra el duro suelo. Pudo escuchar el reniego del viandante y el gesto de dolor al recibir esa tensión en los lumbares.

Se abrigó un poco más, arrebujándose con sus manos cerrando el cuello de su jersey y encogiéndose en la escasa protección que le ofrecía su delgada chaqueta. Aunque para ella, sentir ese frescor y ese viento y los gotones de fría lluvia, eran algo liberador, después de haber pasado tantas horas encerrada.

Acogió de buen grado y dio la bienvenida a cada racha de viento, a cada remolino de hojarasca y agua y a cada golpe de viento frío, porque le hacían sentir que estaba viva. Que estaba conectada con la esencia de la naturaleza. 

Allí, en las calles. Rodeada de coches, viandantes, contenedores de basura, semáforos y asfalto, también podía sentirse la fuerza de los elementos. La naturaleza también allí se expresaba, a su modo. Si prestabas atención de forma hipnótica en un baile de residuos humanos, envoltorios, papelotes y plásticos, que danzaban al ritmo que la naturaleza imponía.

Allí, en las calles, pudo sentirse en comunión con su ser, mientras el cabello se le pegaba como cuerdas de esparto en su fría cara, bocanadas de aire cosmopolita, rodeada de sonidos urbanos. El acelerar de un motor, el claxon de los vehículos, la lejana sirena de una ambulancia, la unían paradójicamente con la esencia de su alma.

Allí, en las calles, tras el trabajo cotidiano realizado y la satisfacción de haber contribuido, pudo alzar el mentón, elevar su mirada al cielo gris y soltar un suspiro de satisfacción. 

El universo estaba con ella y ella estaba en el centro de la vida. Cogió aire, miró con satisfacción y amor a su alrededor y continuó el frío, incomodo y liberador paseo. 


SÁMSARA 
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El martes. SÁMSARA


Contemplaba el paisaje embelesado. La paz se respiraba cuando miraba el verde valle desde lo alto de la colina. Había llegado allí después de unas horas de caminata. La subida no era muy escarpada pero había sido una cuesta constante, sin casi ningún tramo en bajada o llano.

Se habia "liado la manta a la cabeza" y había decidido marchar de la ciudad el día anterior. Estaba en un momento laboral y familiar complejo, las cosas no estaban yendo como él quisiera y sentía que necesitaba darse un respiro.

Ese día se había levantado temprano, fue a la ducha y desayunó como habitualmente, pero había algo en el aire que indicaba que iba a ser un día diferente. Fuera de la rutina. Estaba animado ante la perspectiva de no acudir a la oficina esa mañana.

La noche anterior se había preparado una fiambrera tipo "Tupperware" con verduritas y quinoa. Le encantaba esa receta y lo mejor era que no necesitaba comérsela caliente. Metió en su mochila deportiva la comida preparada, añadió unas frutas, también frutos secos, dos botellas grandes de agua y lo dejó todo preparado en el recibidor de su apartamento.

Se visitó con emoción, pensando en el buen plan que iba a disfrutar. Se puso ropa deportiva y se abrigó por capas. Sabía que en la montaña el clima podía ser muy disparatado. En un momento podías achicharrarte de calor y al siguiente pelarte de frío.

Era martes. Un martes cualquiera y la idea de no pasarlo encerrado en su despacho lo llenó de ilusión. No le había costado convencer a su jefe de que necesitaba un día de asuntos propios. De hecho, trabajaba tanto, que le debían aún días de vacaciones. Necesitaba en este momento evadirse y hacer algo para romper la monotonía.

El trayecto desde la ciudad era poco más de una hora y la verdad, como no habían domingueros, se le hizo muy rápido. Mientras él salía de la ciudad temprano, veía cómo los coches entraban en dirección contraria. Eso le hizo sentir una oleada de emoción. Se sentía diferente. Mientras ellos entraban en sus rutinas, él salía de ella.

Qué sensación de gozo y placer. Era una sensación intensa que le ponía de buen humor. Se descubrió a si mismo silbando y tarareando una cancioncilla del momento. El "jingle" de un anuncio. Cuando se dió cuenta le entró la risa mientras cavilaba sobre la situación y el momento que estaba experimentando.

Aparcó el coche en una zona solitaria, aunque por el espacio y los indicadores, esa misma zona en fin de semana seguramente estaría llena de domingueros. Cogió sus bártulos, se los cargó a la espalda y se encaminó montaña arriba. Era una ladera suave, verde, con árboles y clima fresco. Respiró hondo dejándose llenar sus pulmones de aire fresco. La emoción lo embargó.

El olor a tierra húmeda, a bosque y vegetación. El olor a la madera de los árboles y a la humedad de los helechos. El cantar de los pájaros y graznar de un córvido. El zumbido de un insecto y rumor de las hojas secas en el suelo producido por algún animalillo del bosque. En ese momento sintió como su pecho se dilataba y su alma se expandía.

Ese es el lugar y el momento que no quisiera dejar escapar. Lo sintió intensamente mientras caminaba despacio. Extendió los brazos, como dejándose impregnar por esas sensaciones. Estiró el cuello, elevó la mirada y observó el límpido cielo azul, el aire fresco lo vivificó y la calma lo inundó.

Era un instante que valía todos los pasados y futuros. Era el momento único que lo abarcaba todo.

Había nacido para sentir eso. Y se había olvidado hasta ése momento. Hasta ese preciso instante.

Ahora estaba sentado en la cima del valle y su contemplación lo sumía en un letargo que hacía tiempo que internamente añoraba. Sabía que era finito y pronto debería volver a su rutina. Pero, por una vez en mucho tiempo, no le importó. Disfrutó y vivió el aquí y ahora y no permitió que su mente lo alejará de allí. Y no fue hasta que el sol fue cayendo que se dispuso a volver al aparcamiento donde había dejado su coche.

No tenía prisa por dejar de vivir esa paz. No había motivos para hacerlo. Era ya mucho tiempo que había esperado. Ahora solo importaba vivir el momento.

SÁMSARA.

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El mercado. SÁMSARA

El olor característico a mar salada era penetrante y le llevaba con claridad a sus recuerdos de infancia. Pasaba cerca del puesto de venta de pescado y pudo observar las sardinas en salazón, el rape, la merluza, calamares y otros pescados expuestos con armonioso orden, mientras los tenderos charlaban con sus clientas y despachaban sus mercancías.

Caminaba bajo la bóveda acristalada sujeta con sus nervios de acero, que se desplegaban a lo largo del lugar, como si fuera un bosque de árboles metálicos de líneas rectas y simétricas. Se orientaba entre los puestos y tenderetes del mercado, mirando aquí y allá. 

Veía desfilar las gentes a su alrededor, él estaba convencido de que cada una de esas personas era un complejo universo y se sorprendía a si mismo divagando y echando al vuelo su imaginación para construir historias que seguramente no tenían nada que ver con la realidad. O si ¿cómo podía saberlo?

Pasaba por la sección de charcutería y carne, con esas peculiares luces rosadas que intentaban dar un tono más apetitoso a los embutidos y filetes. No le hacía especial gracia ver las viandas, chorizos y piernas de jamón colgando del techo, en macabro espectáculo, más digno del terrorífico taller de algún Mr. Hyde de turno.

Pero las gentes hacían cola en ese mini matadero, aunque reconoció que, si bien el espectáculo no era muy agradable, sentía cierta atracción atávica al observar la escena y sintió un ligero retortijón de hambre al ver los jabugos de aspecto brillante y aceitoso. 

Meneó la cabeza para alejar las escenas escabrosas que se le venían a la mente al ver toda esa carne rojiza.

Era extraño sentir esa mezcla de repulsa y salivera. Por una lado imaginaba a los pobres animales desangrándose y huyendo del matarife y por otro lado recordaba el delicioso sabor de las barbacoas que había disfrutado entre vinos y champanes con familiares y amigos. 

Dándole vueltas a esos recuerdos y sensaciones entró en la zona de verduras y frutas. Eran preciosas todas esas naranjas, calabazas, tomates, coles, lechugas y zanahorias y muchas más verduras que se extendían como ejército formado en rigurosa revista. 

En el aire flotaba un aroma dulzón y de mohos. Mezcla de todos esos vegetales que se mantenían frescos gracias a la baja temperatura del mercado municipal. Era diciembre y hacía frío. Se arrebujó en su bufanda mientras aspiraba ese aroma más relajante que en la sección anterior. 

Berenjenas, alcachofas, castañas y setas. Todo bien presentado y bonito. Entraba por los ojos y le entraron ganas de comprar, pero no quería hacerlo porque estaba de paso y no le apetecía cargar con la compra hasta su casa.

Las verduleras, en efecto, gritaban más de la cuenta y una sonrisa se dibujó en su rostro. Es verdad, se dijo. El saber popular está lleno de tópicos bien ciertos. Unas mujeres más entradas en carnes, otras más delgadas, pero todas vistosas exhibían sus mercancías con esmero. Le encantaba visitar los mercados.

Esa maravillosa mezcla de sensaciones, olores y experiencias que tanto le hacían vibrar y sentir. Así se le manifestaba la vida, evocando recuerdos de su infancia, momentos y experiencias vividas y sueños aún por ocurrir. Se sentía pletórico y feliz observando todo ese mundo lleno de color, gentes y abastos.

Todo el mercado estaba adornado con motivos navideños y sonaban los clásicos villancicos de Navidad. Se descubrió a si mismo canturreando el Fum... fum... fum... dejandose llevar por el sonido emitido por los altavoces de sonido metálico que estaban repartidos a lo largo del enorme hangar.

Era casi Navidad y prácticamente no se había ni dado cuenta. Hace poco que acabó el verano, empezaron los primeros fríos del otoño y ya estábamos en pleno invierno. Hoy, un día 21 de diciembre, precisamente comenzaba la época hibernal, el momento en que el sol permanecía más alejado de nuestra madre tierra y también describía un arco diurno menor en el hemisferio norte. 

Pensó en sus amigos y familiares sudamericanos. Argentinos, colombianos, peruanos. Que suerte tenían de pasar una navidad en biquini. Se los imaginó y se puso contento con la idea de un Papá Nöel achicharrado por el calor tropical.

Paseando llegó a la zona de las chucherias y frutos secos, allí las guirnaldas y abetos de plástico de navidad señoreaban los puestos de golosinas. Monedas de oro de chocolate, caramelos con forma de bastón rojiblanco, polvorones y los riquísimos turrones. Sintió, ahora sí que si, cómo salivaba y se le licuaba la boca.

Ese fue el momento que eligió para girar sobre sus talones y marchar de allí. No sabía si podría soportar la tentación y zamparse alguna de esas ricuras tan golosas. Estaba en eterna dieta y no quería tener más sobrepeso del que debía. Aunque si por el hubiera sido se hubiera zampado alguno de esos alfajores o turrones de almendras.


Sin más, atravesó las puertas metálicas que cerraban el viejo mercado y se dirigió hacia la húmeda y oscura tarde, pues aunque solo eran las seis ya había anochecido. Se cubrió bien con su abrigo y se deslizó calle abajo entre el jolgorio de luces de la pequeña ciudad.
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La carretera. SÁMSARA

El sol entraba a través del cristal del parabrisas y provocaba sinuosos reflejos en el interior del vehículo. Las pequeñas motas de polvo tomaban relevancia al recibir el impacto de los rayos solares, y le gustaba observarlos por lo cotidiano de la experiencia, aunque sin perder la noción en tal fugaz detalle, puesto que debía prestar atención a la conducción.

Era uno de esos trayectos que tantas veces había hecho, en una carretera bien asfaltada y segura, aunque llena de largas curvas que tejían el recorrido entre las pequeñas montañas. Estaba desplazándose por una zona boscosa, ligeramente montañosa y su destino era la localidad donde vivían sus padres.

El simple acto de discurrir por esa carretera le conectaba con las sensaciones de amor hacia papá y mamá. Ambos eran personas mayores, pero gozaban de excelente salud. Además disfrutaba enormemente de charlar con ellos, pues la edad no había limitado su capacidad si no que, al contrario, la había aumentado. 

Se sentía feliz de ver cómo, al mismo tiempo de ir avanzando en edad, avanzaban en sabiduría, y deseó para si esa misma cualidad. Ojalá llegara a su edad con esa claridad y fortaleza, sentía gran admiración y orgullo por sus progenitores, así como gran fortuna por poder disfrutarlos. Aunque no fuera tanto como quisiera, pues sus obligaciones en su trabajo se lo impedían.

Las curvas en esa conocida carretera seguían transcurriendo provocándole una sensación de confort, mientras el sol penetraba y le calentaba los brazos, el pecho y la cara. ¡Suerte de sus gafas oscuras! Sino difícil sería seguir la trazada sin cerrar los ojos, con la tempranera luz sobre el cristal, impactando en sus retinas.

Se le hacia largo el trayecto, no por la hora y algo que tardaría, sino por la ligera impaciencia que sentía emerger en su interior. Sentía, más que imaginaba, el cálido olor del café con leche que le esperaba al llegar al hogar de sus padres. Sonreía para sus adentros mientras imaginaba el cálido recibimiento que iba a disfrutar, el abrazo amoroso y sincero, limpio, alegre e intenso. Disfrutaba pensando en la conversación que iba a haber, casi siempre siendo el foco de su atención.

¿Cuantas veces las personas disfrutamos de la atención de nuestros semejantes? Pues allí, sería yo quien recibiera ese baño de atenciones. Aunque debería ser al revés y siempre quería que fueran ellos los atendidos, pero acababa dejándose arrastrar por su cálida atención, su amoroso cuidado, su incondicional apoyo.

Nunca podría agradecerles tanto amor recibido, tantas caricias en forma de consejos, tanto apoyo también material. Por eso, cuando se acercaba el día de hacerles una visita, esa carretera se le hacía larga, precursora de momentos cálidos, curvas suaves sobre el gris asfalto, con el sol afuera sobre el cristal y el sordo sonido del motor del coche.

Con cada curva su cuerpo se inclinaba, se dejaba mecer. Curvas largas, amables, serenas. El traqueteo de la calzada, el rugir del motor, el calor ligero de la mañana de otoño lo acunaban. No se dormía, estaba totalmente alerta, pero se dejaba llevar por la sutil sensación de estar realizando un viaje al encuentro de sus raíces. Otros vehículos circulaban, en mansa procesión, ajenos a su momento de ilusión contenida, de enigma mágico a punto de resolverse. Atención plena al instante momentáneo.

Ya estaba llegando, una sonrisa amplia se dibujó en su boca, solo de pensarlo.

SÁMSARA 
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La Sacudida. SÁMSARA

Una oleada imparable le recorría desde la coronilla hasta los pies. Sentía como su vello se le erizaba sin poder evitarlo y una sensación agradable recorría su cuerpo. Sintió como toda su estructura ósea y muscular se distendía y un crujir profundo se dilataba en todo su ser.

El esternón se estiró y su pecho se abrió mientras sentía como una descarga de alguna especie de energía penetraba en su ser, provocando oleadas cálidas y profundas que le recorrían desde el plexo solar, en el centro de su pecho, hasta su cabeza y extremidades. Era como una explosión que irradiaba por todo su cuerpo.

Esa sensación se adueñaba de ella desde la superficie de su piel y penetraba hacia las capas más profundas de su ser. Hacia adentro. Sentía toda esa energía recorrer su cuerpo provocando sensaciones de color diamante cristalino. No podía verlo con sus ojos porque había poca luz, pero lo veía de alguna otra forma no física difícil de explicar.

Por su ventana solo entraba la luz proveniente de un cielo estrellado con un gajo de luna recortado sobre un cielo negro acerado, límpido y sin nubes. Fresco y despejado. Serían las cuatro y algo de la madrugada y justo se había despertado abriendo los ojos de par en par en la clara oscuridad de su dormitorio.

Se dejó llevar por el ímpetu de esa especie de carga energética, disfrutando de las apagadas sensaciones. Era cómo recibir de repente una gran dosis de amor, proporcionado por una fuerza fraternal invisible, que la acunaba y acariciaba con mimo y delicadeza. No era nada de índole sexual, aunque sentía un placer eterno e indescriptible.

Su pareja se movió a su lado en la cama, escuchó su respiración tranquila y se preguntó si estaría notando lo mismo que ella. Pero dedujo que estaba dormido.

Se preguntó sobre cual sería el origen de esa extraña sensación que la mecía. Al instante le vino a la mente la imagen del cielo infinito, del espacio más allá. Le vinieron a la mente la imagen de seres celestiales incorpóreos, como de otra civilización no física. Quedó un poco aturdida por ese loco pensamiento. Ella era una persona racional. Pero la idea se grabó en su mente como una posibilidad real.


Y entonces se abandonó a la posibilidad, a esa sacudida de energía desconocida, limpia y fuerte, sosegada y armoniosa que la invadió con más fuerza. Dejó su mente en blanco sólo para sentirla sin ambages, para disfrutarla sin preguntas. Y la sacudida le encantó. La corriente la invadió y una fuerza increíble la penetró hasta el fondo de su ser. Hasta el último rincón de su alma.

Sámsara
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El loco. SÁMSARA

Sus puños se cerraron mientras las puntas de sus dedos, enroscados como el caparazón de un caracol, se le clavaban en la palma de su mano. Una corriente de satisfacción y entusiasmo le recorría sus brazos hasta llegarle a su pecho, era una especie de alegría incontrolable.

Se puso a dar saltos como un crío mientras agitaba sus brazos en el aire, haciendo aspavientos desmesurados. Empezó a gritar de forma convulsa palabras de afirmación y animo. No se daba cuenta de lo que sucedía en su alrededor, solo de su sensación creciente e incontrolable de entusiasmo y dicha.


Bailaba al ritmo de una música interior, que solo él escuchaba, mientras bajaba por la pendiente dando saltitos de alegría. Era una locura.

Se dejó llevar por la placentera sensación. Era como un cosquilleo que le subía desde la base de su abdomen hasta su garganta. Un cosquilleo que crecía de modo cálido y expansivo desde su perineo hasta su coronilla, la disfrutó sin reparos y la experimentó deleitándose en la excitante sensación.

Su cara dibujaba una sonrisa enajenada, como si estuviera en otra dimensión y sus ojos entrecerrados se movían inquietos en todas direcciones. Sus pupilas dilatadas hubieran asustado a cualquiera que se hubiera acercado lo suficiente como para verlas.

Le hubiera encantado compartir con alguien su dicha pero las personas que se cruzaban en su camino no parecían interesarse por él. Pasaban por su lado con sus vidas grises a cuestas y la mirada baja. Los  pocos que lo miraban expresaban su extrañeza frunciendo el ceño y desviando la mirada, como si estuvieran viendo un enajenado, un pobre diablo loco.

Pero él tenía motivos para sentirse eufórico, tenía motivos para sentir esa plenitud que lo embargaba. Era una emoción profunda que se había adueñado de él y no podía ni quería desembarazarse de ella. Se había dado cuenta de una comprensión trascendente sobre su vida. Así, de repente y sin más, había caído en la cuenta de que él era un dios creador.

Le sobrevino ese entendimiento mientras paseaba por las calles de su ciudad, no hubo ningún hecho que lo motivara ni lo propiciara. Sencillamente ocurrió.

Se había dado cuenta de que no dependía de nada ni de nadie para vivir una experiencia de alegría y expansión.

Nada más darse cuenta de algo tan simple, empezó a sentir una alegría interna como nunca antes había sentido. Es como si una corriente de doscientos mil voltios recorriera su cuerpo. Y se dejó llevar por esa intensa sensación de entusiasmo por la vida. De euforia por el simple hecho de ocupar un lugar en el mundo.

Había tenido tan cerca de si, esa reflexión, que jamás hubiera imaginado que era la clave de su vida. El gran engaño al que se había sometido durante toda su vida.

Y ahora, de repente, sin siquiera pensarlo, lo entendía todo, y permitió que la emoción le embargara todo su cuerpo. Por fin había entendido que el ser humano no depende de nada, ni de nadie, para ser feliz. Para sentir un estado interno de gozo y alegría. Ebrio de amor.

Y se sintió libre y saltó. Y bailó. Y sonrió a quién por su lado pasó. Y como loco de alegría, calle abajo, corrió.

SÁMSARA

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El chucho. SÁMSARA

No sabía cuanto tiempo llevaba ladrando. De hecho, no se había dado cuenta de que estaba haciéndolo hasta que unas ligeras cosquillitas en su nariz lo sacaron de su ensimismamiento. 

Ahuyentó con un movimiento involuntario de su mano derecha al posible insecto y fue cuando se percató de que un perro del vecindario estaba ladrando. Insistentemente. Pareciera que estuviera poniendo todo su ser en ese ladrido agudo y persistente. 

De nuevo sintió el cosquilleo que le producían las diminutas patitas al trotar por su sensible piel. Supuso que sería una mosca. Extremo que confirmó al oír su seseante zumbido, cuando volvió a espantarla con su mano. Exhaló un suspiro de aburrimiento.

Abajo, en la calle, el indignado can, continuaba empeñado en demostrar su fiera determinación a quién osara dudar de su amenazadora figura, aunque por la tonalidad quisquillosa y lo repetido de sus ladridos, diríase que se trataba de un perro faldero. De esos nerviosos y asustadizos, de ojos saltones.

Finalmente abrió los ojos. No podía concentrarse. Había querido meditar unos minutos, pero su intención había quedado interrumpida. A pesar de los inconvenientes le parecía que había estado en actitud meditativa un buen rato. Había superado el calor del ambiente y pudo retirar su consciencia a un lugar profundo de su ser. 

Permaneció un tiempo indefinido hasta que involuntariamente una pequeña distracción lo llevo a sentir aquel insecto y a darle un manotazo. Le pareció curioso no haber advertido durante su meditación la presencia de los ladridos del perro enojoso y enojado y si haber sentido la presencia de la mosca en su nariz. Cosas raras de la práctica meditativa en la que poco a poco se iba introduciendo.

Meditar era prestar atención absoluta a su cuerpo, a las sensaciones que permanecen y luego se amortiguan. Es volcar el interés en si mismo, en cómo se siente uno, en aspectos como qué temperatura hay, qué sostiene tu cuerpo, qué sonidos te rodean, e ir dejando pasar las cosas concretas como son tus propios pensamientos. Perderse poco a poco en la profundidad de tu consciencia, hasta llegar a un punto de no experimentar nada. Sólo la quietud. El equilibrio. La paz.

Esos momentos son solo instantes, pero perduran en tu recuerdo mucho más allá. A veces, cuando la vida ajetreada lo sacudía fuerte, evocaba esos momentos sagrados de quietud espiritual. Se había habituado a meditar con cierta regularidad, casi a diario y hoy como era pleno verano había decidido hacerlo en su terraza.

Hasta que su consciencia lo llevo al inoportuno perrito chillón. Viendo que su sesión de hoy no podría continuar decidió dedicarse a su actividad preferída. La "dolze fare niente". No era bien, bien meditar, pero permanecer relajado y no hacer nada, cuando el calor aprieta le parecía una actividad fantástica.

El perro seguía empeñado, allá abajo, en demostrar su inquebrantable tesón. Ladraba más fuerte, más chillón y más rápido. O eso le pareció. Menudo energúmeno. Quiso levantarse y asomarse a la terraza a ver que era lo que excitaba tanto al pequeño cánido pendenciero, pero su laxitud y vagancia se lo impidió. En pleno verano, cuanto menos esfuerzo, mejor.

Se sintió exangüe y se abandonó a la pereza. No se iba a levantar para ver qué pasaba. No pareciera muy interesante ver a qué o a quién ladraba ese pequeño cabronzuelo. Y a pesar del ruido y el follón y la curiosidad que sentía por saber que indignaba tanto al chucho, siguió sentado en su cojín de meditar, abandonado al no hacer nada, sano deporte estival, que tanto le apetecía.

SÁMSARA
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