La caricia. SÁMSARA

Ambos respiraban al unísono como un solo ser. Él mantenía los ojos cerrados y absorbía las caricias con hambre y sed. Como cuando la tierra seca recibe la caricia amorosa del agua.

La punta de sus dedos recorrían su pecho, deslizándose suavemente por su piel tibia. Hábiles, jugueteaban enroscándose en el vello ensortijado de su pecho mientras lo miraba con ternura y compasión. A ella no le importaba su aspecto peludo, su cuerpo imperfecto, sino más bien al contrario, parecía complacerla.

No era una pasión desmesurada, no era un amor carnal. Era la sublimación de una mirada, la contemplación de una belleza que no se aprecia con los ojos físicos sino con la mirada profunda de la ternura infinita.

Se dejó y abandonó ante las caricias, nada podía hacer ante los embates de ese amor. De su naturaleza desatada. Una parte de él quería resistirse, pues se sentía obsceno, como si no mereciera tanta atención, tanto cuidado y afecto. 

Sentía el impulso de devolverle las caricias pero ella le hizo un gesto inapelable, indicándole que se abandonara a sentir, que se abandonara a recibir. Que viviera el momento presente sin expectativa alguna. Y así lo hizo.

Ella seguía acariciándolo, tocando, palpando, haciéndole notar su presencia. Sin juicio ni crítica, solo observándolo. Solo estando ahí con él. Moviendo sus manos lentamente, dulcemente, amorosamente.

Sintió calor en su zona erógena. Sintió como la temperatura se elevaba y la tensión acudía ahí, a su miembro, pero no era una pulsión desenfrenada, era una reacción natural. Algo propio del ser humano y lo sintió como en oleadas de calor.

Se sintió culpable, pero ella lo calmó con una indicación y una sonrisa pícara. Le pidió que acompañara su respiración hacía donde ella movía su mano, para expandir el calor, la energía sexual más allá de ahí.

Le hizo caso y sintió cómo la energía de su sexo se expandía hacia su abdomen y subía hacia el centro de su pecho. Su corazón vibró y palpitó como nunca había sentido. Era una sensación indescriptible de amor hacia sí mismo. 

Sentía la ternura y la confianza del amor sin más. De la conciencia de su cuerpo, de estar viviendo una experiencia nueva que jamás había experimentado. Era una energía renovadora y pura, no era sexo, era mucho más que eso.

Y se abandonó aún más, cayendo en una profundidad de la que pensó que jamás iba a salir. Profundizó en su cuerpo a través de la presencia de sus caricias, sentía su mano recorrer sus hombros, sus brazos, la palma de su mano. Su cuello y su cara, su cabeza. 

Sintió que se elevaba sobre lo terrenal y avanzaba hacia un mundo nuevo, una energía que se unía, primero a ella y luego a lo inmaterial. Sintió que flotaba en una mar cálido, de olas rítmicas y antiguas, oscuras y misteriosas, que le satisficieron, a la postre, mucho más que otras experiencias mundanas.

Ella le susurró algo al oído. Notó la calidez de su aliento en su cuello, y se estremeció todo su cuerpo. Ambos al unísono. Acompasadas las respiraciones, abierto en canal, abandonado al placer de la calma, vulnerable al mismo tiempo que duro y ardiente. Y así discurrieron los minutos, las horas. 

Fundidos, unidos, entrelazados. Sin nada que esperar, en amor infinito y puro, sin carnalidad, solo sintiendo. Calientes, respirando, en paz y armonía con lo que debía ser. Y aún seguían, y seguirían para siempre. Convulsos y abrazados como un solo ser. Sin diferencias, iguales ante la vida. 

Amantes conscientes. Caricias calientes.

Sámsara.
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La gota de sudor. SÁMSARA



Notó un ligero cosquilleo en la parte interna de su brazo. Dedujo que era un insecto que correteaba por su piel y se dio un manotazo distraidamente. Pero no. No era una mosca, sino una perlada gota de sudor.

Hacía un calor infernal. Bochornoso. Había ido a la playa para intentar así olvidar el mal momento que estaba viviendo. El calor, aunque pegajoso, en el fondo le reconfortaba. Era como ir a una sauna pero al aire libre y con una luz radiante. Permaneció con los ojos cerrados sintiendo cómo el sol calentaba su piel.

Era un domingo y la arena estaba llena de gente en sus toallas y tumbonas. Cuando llegó, a eso del mediodía, ya no habían casi huecos libres. Tuvo que sortear los cuerpos, esterillas, juguetes de playa y niños, hasta encontrar un par de metros cuadrados libres.

Había todo tipo de corporalidades. Hombres y mujeres entrados en carnes, sonrosados o quemados por el sol y otros magros o tostados por los días de verano. Unos de piel blanca, después de un año sin sacar sus cuerpos a la luz del día y otros morenos y bronceados tras los días pasados a orillas del mar.

Se preguntó intimamente qué sería lo que hace que unos físicos fuesen tan diferentes de otros, teniendo en cuenta que todos los seres humanos eran iguales ante la vida. Pero no obtuvo respuesta aparente a su pregunta y la desechó con un ligero movimiento de cabeza.

Se tumbó en la toalla que había estirado sobre la ardiente arena y cerró los ojos para abstraerse de su entorno. Cosa que le resultó harto difícil. Los sonidos penetraban en su mente dificultándole el ansiado aislamiento. Había ido a la playa con el afán de encontrar paz para su atormentado interior.

Sin embargo, sin proponérselo, escuchaba la cacofonía de sonidos a su alrededor. Un niño chillaba a su madre reclamando su atención mientras hacía alguna cabriola por la que le cayó encima una lluvia de arena. Su madre no lo miró, puesto que el niño insistía en llamar a su mamá reiteradamente.

La pareja de al lado discutían vehementemente sobre un asunto del hogar y se les notaba que el enojo iba in crescendo. Otros niños chillaban unos metros más allá, los chillidos también iban en aumento. En cualquier otro momento seguramente que no le hubiera importado, pero en ese instante captaban su atención inevitablemente.

El repiqueteo de unas palas de tenis de playa se sumaba a la refinada orquesta estival mientras el silbido del tren pasando por detrás de la línea costera y el zumbido y traqueteo de sus vagones empezaban a crear un Opus en Mi menor aderanzo la sinfonía de sonidos. Más bien debería decir: ensalada de ruidos.

El viento en las lonas y sombrillas y el fragor rítmico de las olas del mar eran la guinda que adornaba el panorama de éxitos musicales del momento. Las radios con sonido metálico sonaban a diestro y siniestro, ofreciendo un elenco de artistas para quien quisiera deleitarse con los ritmos del reagetton más puntero.

Y una gota de sudor volvió a caer por su costado. Esta vez ya no se molestó en auyentar al supuesto insecto a sabiendas de lo inútil del gesto. Era un calor bochornoso en un momento para nada idílico. Se había equivocado. La playa no era un buen refugio donde abstraerse de su difícil situación personal sino más bien todo lo contrario.

Se reincorporó apoyando los codos sobre la toalla. Abrió los ojos y observó. Vio que en general la gente estaba disfrutando. Risas, chillidos, chapoteos, sol y calor. Vida a su alrededor. Entonces pensó que quizás era su mente la que le estaba jugando una mala pasada. ¿Que tal si en vez de resistirse al entorno, se adaptaba a él?

Y lo intentó. Volvió a tumbarse cerrando los ojos de nuevo. Puso atención a su cuerpo caliente. Sintió la caricia húmeda y abrasadora del sol, se dejó arrullar por esa sinfonía de verano. Se abandonó a la, en general, felicidad de su entorno. Se adaptó a las risas, gritos y demás sonidos. 

Y así, poco a poco, fue encontrando la paz que había ido a buscar. Integró en si mismo todo su entorno y dejó de resistirse a lo que estaba sucediendo. Dejó que otra gota de sudor recorriera su cuello mientras imaginaba como ésta trazaba una línea húmeda en su sensible piel.

Halló de ese modo un instante de armonía en el que todo cobraba un sentido transcendente al momento mágico que estaba experimentando. Cuando bajó sus barreras y resistencias a la vida que se expresaba a su alrededor fue cuando pudo sentir la inmensidad de su ser.

Sintió la felicidad que conlleva la expansión de su cuerpo, la relajación y el abandono de cualquier lucha. Y así encontró la paz que anhelaba su corazón y su mente. Calor, humedad, sol, mar, gente, arena, sonidos y una gota de sudor… todo ello al servicio de su alma. 

¿Como no se había dado cuenta antes?

SÁMSARA
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La grieta. SÁMSARA

El abismo era profundo y frío. 

Se había asomado a él después de haber pasado mucho tiempo sin, ni siquiera, querer acercarse. Sin embargo se aproximaba el momento de empezar a mirar ahí dentro. 

Aunque sabía de la existencia de esa grieta, ni quería, ni deseaba saber qué era lo que habitaba más allá. Le horripilaba imaginarse qué criaturas y qué mundos existían más allá del borde ignoto de esa profunda sima.


Pero una fuerza lo impelía a conocer qué era lo que allí dentro le daba tanto pavor. Era un miedo sordo, vacío y frío. Era algo de lo que quisiera haber huido durante toda su vida, pero debía por fin enfrentarlo. Debía finalmente descender para conocer de qué huía constantemente.

Siempre había estado ahí ese abismo. Siempre en el centro de sus acciones inconscientes. Se había visto a si mismo en infinidad de ocasiones caminando por el borde de esa oscura y fría garganta pero siempre optaba por alejarse. Daba igual cómo y qué fuese lo que hiciera, el caso era apartarse siempre de ahí.

Y ahora más que nunca sentía su miedo. Un aliento lóbrego y húmedo ascendía desde la profundidad del agujero. Un olor fétido a espacio cerrado y sucio le penetró violentando sus fosas nasales. La oscuridad más absoluta ascendía desde la profundidad de la sima que se extendía abajo a un paso frente a él.

Y se decidió a descender. 

Unas cuerdas enmohecidas y malolientes caían desde el borde hasta la profundidad. Se puso de rodillas mientras agarraba una de ellas y se colgó del canto. A su mente le vinieron las veces que había evitado adentrarse en ese mundo donde medraban terribles monstruos y macabros demonios devoradores de corazones.

Fue bajando palmo a palmo, descendiendo a tientas por la fría pared. Apenas podía ver nada más allá de sus pies, pero se adivinaba una oscuridad conocida. A medida que descendía, la luz del exterior de la grieta desaparecía y la oscuridad lo envolvía plenamente.

Estaba descendiendo por el lado oscuro de su corazón. Era su propia sombra por la que se había aventurado finalmente. Por fin se había decidido a explorar las profundidades de su alma. Y ahora que lo hacía, allí mismo, se dio cuenta que a pesar de la profundidad de sus temores, los únicos demonios que habitaban eran los que su propia mente alimentaba.

Y siguió bajando.

A medida que lo hacía perdía de vista la relativa claridad del borde del orificio por el que estaba colgado. 

Y siguió bajando. 


Hasta que llegó al extremo de la cuerda. Ahora no podía descender más. Palpó a tientas la fría y húmeda pared y después de unos instantes de miedo tocó lo que parecían unos escalones, unos peldaños de piedra labrados en la pared, estrechos y resbaladizos.

Dejó la aparente seguridad de las cuerdas y aspirando el rancio olor que ascendía desde el fondo de la grieta puso un pie en el primer peldaño y siguió su descenso. Uno, dos, tres y varios peldaños más lo hicieron bajar en espiral. Ya no había posibilidad de retorno. La obertura se cerraba sobre él. Así que no pudo hacer otra cosa que descender.

Ahora, en plena oscuridad, comenzó a sentir cierto rumor de aguas profundas y cierta claridad comenzó a subir desde las profundidades hasta el lugar donde él se encontraba. Ni el mismísimo Harrison Ford había vivido esa experiencia en sus películas de Indiana Jones. 

Y si, en efecto, al seguir descendiendo sintió con mayor claridad lo que había ahí abajo.

Por ahora no había ni rastro de los seres que esperaba ver. Los seres que moraban la profunda grieta de su corazón no eran tales. Ese rumor no era el de sus largas colas arrastrándose por el fondo de sus mazmorras sino que era el gorgoteo producido por el agua de sus emociones. 

Y sintió como algo dentro de él se liberaba. 

Y vio claramente que allí había una especie de piscina natural llena de agua fresca y chisporroteante. Miles, millones de burbujas efervescian ese agua, allá en lo profundo del despeñadero en el que se había adentrado. Siguió bajando hasta que los escalones desaparecieron bajo sus pies. Estaba parado en un rellano a un escaso metro de las aguas refulgentes. 

El agua se agitaba cada vez más. Como las olas que baten la roca de una cueva marina. Parecía agua fresca y limpia, a pesar de la oscuridad del entorno. La miríada de burbujas emitían una luz fosforescente, como si millones de luciernagas vivieran entre las agitadas aguas.

Estaba cansado y acalorado, sucio y apestoso y la idea de dejarse caer en ese agua de infinitas burbujas azuladas le incitaba casi tanto como le horrorizaba la idea de dejar la falsa seguridad del último escalón escavado en la roca. Pero no había bajado hasta el fondo de la grieta de su alma para quedarse ahí parado.

Asi es que, saltó al vacío.

El agua estaba helada. Penetró profundamente en sus fosas nasales y la sensación le provocó un hormigueo intenso en el interior de su nariz. El gorgoteo del agua lo rodeó por completo mientras se hundía unos centímetros por debajo de la superficie. Ahora infinitud de burbujas azuladas y doradas lo rodeaban por todos lados. Se adherían a su piel provocando una agradable sensación. Era como un masaje leve y sutil, refrescante y delicado. 

Aunque estaba atento y alerta ya no sentía miedo. Ese agua centelleante era fresca, limpia y se llevaba de su cuerpo esas viejas sensaciones de incapacidad, viejas creencias sin sentido, antiguos hábitos disfuncionales. Y se sintió renacer. 

Advirtió de repente que el agua se agiataba más y más y se formaba una especie de remolino que lo atrapaba. La multitud de burbujas cobraban más vida alrededor suyo y se arremolinaban formando un vórtice a su alrededor que lo succionaban hacia abajo y hacia el fondo de esa grieta.

Ya no sentía miedo. Allá abajo, en efecto, no moraban seres con cuernos ni monstruos de tres cabezas dispuestos a comerse sus entrañas en vida. Solo había agua fresca y cristalina y hasta ahora, él no lo había sabido. Cuanto tiempo perdido intentando zafarse de la grieta oscura. Cuantas maravillas había dejado de vivir por miedo a mirar en el negro fondo de su alma. Ahora sabía que ahí abajo solo había una sensación fresca y maravillosa que lo atrapaba y transportaba aún más abajo.

Y se abandonó a la sensación.

El agua lo arrastró en torbellino chisporroteante por el centro de un sumidero imaginario, pero no sentía miedo, tenía confianza plena que algo maravilloso lo esperaba más allá. El agua discurrió arrastrándolo hasta dejarlo al final de un túnel. 

De repente, una claridad cegadora se adivino a pocos pasos de donde se encontraba. Terminó de recorrer a gatas el pasadizo y se encontró ante un paisaje maravilloso. Salió de la oscuridad de la gruta y pudo ponerse en pie. El calor del sol inundó su desnuda y limpia piel y pudo aspirar una bocanada de aire puro. Flores silvestres, hierba y el aroma de los árboles frutales llenaron sus pulmones.

Frente a si mismo un mundo se extendía allá a sus pies. Mariposas revoloteaban, animales libres corrían en manadas medrando en paz. Abundancia manifiesta aquí y allá. Los árboles ofrecían sus frutos a quien quisiera alargar su brazo para cogerlos. El cielo azul se cernía por encima de ese mundo verde y dorado. Y se dejó caer extasiado, con los brazos en cruz sobre el templado césped. Olor a hierba fresca, tierra caliente y el fragor de las hojas en las frondosas copas de los árboles.


Había descendido por las escarpadas paredes de la grieta de su sombra para llegar a ese Shambalá. Paraíso indescriptible que lo acogía sin pedirle nada a cambio. Ojalá lo hubiera hecho antes. Ahora lo sabía. Más allá de las peores pesadillas, más allá de la oscuridad más fría, se encontraba la vida que tanto había soñado.

Ahora lo sabía. Y decidió que iba a explicarlo al mundo. 

SÁMSARA

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El ángel. SÁMSARA

Dieciocho mil quinientas toneladas de metal, plásticos y neumáticos descendían por la alargada curva a más de 80 km por hora. La velocidad del gran camión iba reduciéndose a medida que se adentraba en el carril de salida del vial. 

Dentro de la cabina la música sonaba estridente y a buen ritmo, mientras el conductor tarareaba despreocupado. Había sido un viaje "corto", de unos 600 kilómetros aproximadamente y pronto llegaría a casa.


Pero antes tenía que dejar una pequeña carga en una industria maderera de la zona. Hacía un poco de bochorno aunque al chófer no le gustaba el aire acondicionado. Por eso bajó la ventanilla del vehículo mientras iba realizando la alargada curva que lo sacaba de la autovía hacía la comarcal.

Los aromas frescos del valle penetraron por la ventana y los inspiró deleitándose con el momento. 

Disminuyó la velocidad para dejar el carril de desaceleración mientras entraba en la carretera comarcal que lo llevaría a la pequeña serrería donde debía entregar la ligera carga. Después se iría a casa a descansar un par de días antes de empezar otro nuevo viaje.

Enfiló la carretera tranquilamente, era una vía estrecha de dos carriles sencillos y el gran vehículo ocupaba casi toda la anchura de la calzada. El envío que debía entregar era demasiado pequeño para una camión de tanto tonelaje pero el viaje le venía de paso y siempre iba bien ganarse un extra.

La carretera discurría por un valle verde y precioso, con curvas suaves y bosques alpinos de altos abetos y robles enormes. Salpicado aquí y allá por prados verdes donde algunos animales pastaban tranquilos. El cielo era de un azul intenso moteado por nubes blancas que parecían de algodón, como esos de azúcar de las ferias.

Los insectos zumbaban a la altura de la ventana que el conductor ya tenía bajada por completo. En su rostro podía verse una sonrisa de satisfacción, mientras por la radio daban, ahora, las noticias. Pensó que eran aburridas y más en ese contexto tan idílico, pero las dejó sonar en la radio esperando a que acabaran y volviera a sonar nuevamente la música de los éxitos del momento.

Tomó una curva a velocidad media, la inercia del enorme camión era alta, quizás un poco por encima de lo recomendable, pero él tenía amplia experiencia y conducía tranquilo aunque atento a la serpenteante calzada. El entorno era maravilloso mientras se adentraba hacía su destino. 

Ahora se disponía a tomar otra curva similar a la anterior, mientras descendía despreocupado por el verde valle, sin siquiera imaginarse lo que estaba a punto de ocurrir. Inspiró profundamente el aroma del inicio del verano, fresco, floral y limpio, mientras empezó a girar el gran volante.

En ese preciso momento, no muy lejos de allí, algo estaba sucediendo. 

Ella sintió necesidad de beber agua fresca. La lengua la notaba pastosa y sentía sequedad en la boca y la garganta. Llevaba más de una hora caminando por el arcén de esa carretera comarcal. 

Había salido de la fonda en la que había pasado la noche y se dirigía a explorar nuevos lugares, sin destino concreto. 

Su vida era un pequeño caos, las cosas no le estaban saliendo como ella había soñado y decidió tomarse libres unos días cualquiera, en una semana cualquiera. 

Eligió esa zona porque, hacía cierto tiempo y casualmente, pasando por una autovía cercana desde el coche vio el paisaje y pensó que sería maravilloso adentrarse algún día en ese bello lugar, en vez de ir a más de 120 kilómetros por hora perdiéndose rincones tan bellos y una excursión preciosa.

Bajó por una pista forestal de tierra, surcada por los regueros de las aguas torrenciales que dejaban su marca tras las lluvias de la primavera. Era un descenso precioso y la naturaleza en ese lugar era voluptuosa. Cargaba a sus espaldas la mochila donde llevaba una muda, algo de comida y poco más

La pista descendía entre barrancos y riachuelos, bosques de abetos y robles, por el lado norte del valle. La sombra de la propia montaña y el frescor del clima hacían que el musgo y los helechos proliferaran a cada lado. No tardó mucho en desembocar la pista en una carretera comarcal muy poco transitada.

Esa carretera, arbolada y en ese entorno verde y fresco la sedujo al instante y le encantó la experiencia de recorrerla por el desdibujado arcén. En todo el recorrido de más de una hora que llevaba solo había pasado un destartalado vehículo, de alguna de las pequeñas granjas que salpicaban aquí y allá el fresco valle.

Apretaba ligeramente el calor y se paró a beber agua. Dejó la mochila en el arcén mientras buscaba su termo de aluminio de 2 litros con agua. Desenrocó el tapón y se dispuso a beber, pero el tapón le cayo de entre los dedos involuntariamente. 


La pieza rodó por la carretera a pocos metros de ella y mientras bebía lo vio de reojo y pensó que ahora mismo lo recogería. Por lo visto, la carretera estaba vacía, no pasaba nada dejarlo en el suelo unos instantes. Bebió tranquila y aliviada, expirando una bocanada de aire mientras secaba su boca con el dorso de la mano.

Dió dos pasos despreocupados para recoger el tapón y en ese preciso instante un enorme camión que no había visto ni oído salió de la cercana curva. Vio paralizada cómo el enorme vehículo se le echaba encima. La pilló a contrapié y con el cuerpo inclinado hacia adelante, mientras recogía la rosca de su termo.

Vio brillar el metal bruñido de la parrilla delantera del camión, sintió el rugido del motor, el ímpetu del aire pasando cerca de su cabeza, el chirriar de los enormes y calientes neumáticos y la mirada de él. 

Una fuerza desconocida la hizo retirarse unos centimetros, los suficientes. No pensó, solo sintió. Sintió como algo o alguien ajeno a ella la empujaba hacia atrás. Algo la salvó, una fuerza blanca. O azul. Quizás una fuerza diamantina. Sintió, aunque no vio, una luz inmensa.

Algo impidió el gran golpe que iba a recibir en su cabeza. Golpe mortal. El tiempo se congeló durante unos instantes y se supo a salvo eternamente. No podía explicarlo, solo sentirlo. Gracias. Lo sintió profundamente, una gratitud profunda, elevada y viva.

Captó su mirada como nada en ese instante. Un hombre joven la miraba con cara determinada desde lo alto de la cabina. Lo miró a los ojos intensamente. Captó su bondad, su fuerza y su voluntad.

Era bello, una belleza sobrenatural. Fuerte, aunque delgado, precioso allá arriba dominando sin fuerza el volante, sin susto, sin miedo, solo haciendo lo que debía hacer y nada más.

Unos instantes antes de ese momento, en la cabina sonaba la música de los cuarenta principales y él cantaba a todo pulmón, conduciendo plácidamente, cuando de repente saliendo de la curva la vió. 

Era un ángel. Era bella, preciosa —Pero, ¿que hacía allí encogida en medio de la calzada?— No pensó, maniobró. Maniobró con serenidad, diligencia. Era como si una fuerza más allá de él lo ayudara con precisión a manejar el volante. Una fuerza superior le hizo presionar los pedales, el cambio de marchas y el volante y por pocos centímetros no la atropeyó.

La miró a los ojos y captó su bondad, su amor y agradecimiento. Era como mirar a un ser de otro lugar que no era de este mundo. Sintió un agradecimiento profundo, elevado y vivo. 

Era como si la rodeara una luz blanca. O quizás azul. Como diamantina. Sintió una unión con ella para siempre. El camión mágicamente no se salió de su trazada y continuó su camino. Pero sus miradas quedaron unidas para siempre.

Ella recogió finalmente el tapón, pero sabía que jamás se olvidaría de la mirada de él. Sabía que lo conocía, sabía que siempre estarían unidos.

SAMSARA 
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La vaca. SÁMSARA

Los orificios de su hocico se contraían y dilataban al ritmo de su respiración. Sus ojos, redondos, inocentes, lo miraban en una constante interrogación. Era como si una pregunta sin respuesta se elevara al aire sin la intención expresa de caer en ningún lugar concreto.

Su postura aparentemente impasible, denotaba un miedo profundo a los acontecimientos. Más allá de su imponente tamaño se percibía una inquietud eterna. Su cola oscilaba mansamente y algún músculo vibraba nervioso bajo la capa de su piel.

Por lo demás, nada hubiera hecho notar la inquietud que le transmitía el observarla con detenimiento. El lugar en el que se hallaban era maravilloso. Un prado se extendía frente a su vista, las flores silvestres bordaban el paisaje verde intenso.

El terreno ascendía ligeramente en una cuesta de extensión interminable. Al fondo las montañas nevadas, que conformaban el valle, delimitaban el horizonte. El cielo azul, ribeteado de jirones blancos, dejaba sentir el calor del sol que se mezclaba con el fresco aire puro. 

Los insectos zumbaban a su alrededor como en una sinfonía minimalista. Los aromas de la primavera penetraban en su nariz llenando sus pulmones y vivificando su interior. Sonaban espaciadamente los cencerros aquí y allá en la explanada donde el rebaño pastaba.

Unas eran marrones, otras blancas y bicolores. Los terneros seguían a sus madres haciéndose notar con sus saltos y quiebros. Todas las vacas pastaban por la ladera como si fueran una postal de un paisaje alpino.

La que te tenía frente a él, de color caramelo, enorme, movía la cabeza como asintiendo y le seguía, curiosa, oliéndole la palma de su mano. Él se sentía abrumado por su tamaño, sobrecogido e impresionado con la familiaridad con la que el animal le trataba, a pesar del temor profundo que percibía de la res.

Se sabía depredador, se sabía animal superior en la escala alimenticia, sin embargo se sentía expuesto ante la enorme bestia que lo miraba intrigada buscando respuestas que de algún modo no iban a llegarle. 

Y ahí estaba frente a él, observándole. La vaca dio un paso para acercarse. La hierba crujió bajo sus enormes pezuñas y un ligero y cercano temblor en el suelo le indicaba su peso. Esos ojos inocentes, lo escudriñaban, parecían querer comprender. De nuevo, esos enormes orificios nasales ventearon su mano, mientras una lengua rosada y larga, puntiaguda y caliente le lamió la mano y el brazo.

Él dio un respingo, pero se mantuvo. Expectante. No podía demostrarle el temor que sentía, se dijo a sí mismo. Al instante el animal retrocedió meneando la cabezota, como si quisiera sacudirse una idea inapropiada. Parecía tan humana…

El animal siguió retrocediendo mirándole de soslayo. Como si hubiera comprendido que sus mundos eran muy diferentes. Como si hubiera entendido que ella era la presa y ese otro ser flacucho fuera el depredador. Algún instinto, alguna alarma interna, ancestral, la hizo retirarse unos metros. 

Para él, el gesto del animal, también fue definitivo. Había sentido el calor del lametazo tibio de la vaca y algo en su interior se despertó. No era algo normal o convencional. El orden de las cosas en la vida se había alterado. Las vacas no pueden confiar en sus explotadores. Sabía que los mundos que habitaban eran tan dispares… tan eternamente opuestos.

Pero por un instante él había sentido una conexión impensable. No podía dejar de sentir el peso de la mirada del animal, ni la tibieza de su lengua rosada, ni la inteligencia de otro universo. Qué extraña y rara sensación ¿Cómo podían vivir en el mismo mundo dos seres tan opuestos? Él había comido tantas veces carne de ése animal y es como si la vaca lo comprendiera y aún así lo aceptara.

Pero no por ello pertenecían al mismo universo. Seres de planos opuestos: depredador y presa, verdugo y víctima. Comedor y comido. Dos mundos paralelos, que difícilmente se iban a encontrar en la distancia del devenir. Aunque quién sabe, ambos serán pasto algún día. Ambos serán polvo de la misma tierra que ahora les sustenta.

Ambos seres de diferentes mundos, que moran en el mismo planeta. Ambos seres cuyo sol les calienta por igual y a quienes la lluvia les moja del mismo modo. Extraña comprensión. Rara realidad.

SÁMSARA

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Ambos. SÁMSARA



La rugosidad alquitranada se extendía frente a sus pasos. Los huecos y grietas del asfalto tomaban una dimensión espacial cuando centraban sobre ellos su atención y un mundo paralelo se vislumbraba a medida que iban deslizándose por la franja gris.


Ambos iban caminando por el arcén de la carretera que se extendía infinita por delante, siguiendo las ondulaciones suaves del terreno. La linea blanca pintada estaba desdibujada y se extendía paralelamente a lo largo de su mirada, allá hacia donde se perdía la vista.

Caminaban, uno junto al otro, compañeros de vida. Tenían una ligera idea de hacia adonde iban, pero tampoco podían confirmarlo con precisión, sencillamente seguían el recorrido que les indicaba la poco transitada carretera.

Hacía ya un buen rato que no circulaban vehiculos, de hecho, habian visto muy pocos desde que comenzaron a caminar. La carretera era de dos sentidos pero parecía una carretera secundaria de poco tránsito.

A los lados del trayecto se extendía un campo yermo de bajos matorrales a un lado y al otro pequeños bosquecitos de pinares, robles y castaños. El olor a tierra seca y flores silvestres penetraba y destacaba claramente sobre el aroma del asfalto antiguo y caliente por el sol tibio de la mañana.

El y ella hablaban con cortas expresiones, directas al grano, sin concesiones a la galería, estaban solos y no era necesario los adornos ni los golpes de efecto en el lenguaje. Transmitían parte de su mensaje desde lugares mas allá del lenguaje. Su postura, miradas, pausas, respiración, gestos daban tanta información como las palabras elegidas desde la intuición y la conexión.


Compañeros de vida. Almas de un mundo intangible, que no se puede asir, cuerpos fuertes y capaces, cuidados y en forma. Cicatrices profundas, gestos y sensaciones antiguas, amor profundo y calmado. Vida aún por delante y estima mutua que habitaba entre los espacios vacíos de los poros eternos del Ser.

Caminaban juntos, a sabiendas de un fin indeterminado pero seguro al mismo tiempo. Olor a tierra, a flores del margen de la carretera, extensión eterna por delante y amor profundo arraigado como metástasis en su esencia, formando parte del tejido de ambos. Unidos para siempre en ese transcurso, camino de vida infinito.

Sabían todo el uno del otro. Y aun así cada “ene” pasos descubrían algo nuevo: un matiz, un suspiro, un olor, una sensación, un anhelo y un hastío. Todo parte de dos vidas maravillosas, sencillas pero complejas, de amor, concesiones, admiración mutua y respeto. Confianza y dependencia. Dos seres completos juntos unidos sólo por esa carretera larga, interminable, que a veces dolía en los pies, a veces inflaba sus pulmones de esperanza y sabiduría.


Ora hablaban, ora callaban. Y si atrás miraban, una sonrisa en su cara dibujaban. Más por la complicidad y la indulgencia del recuerdo que por la experiencia transitada. Sabían que estaban aquí, en mitad del camino aun por recorrer, gracias a las elecciones pasadas. Elecciones que transformaron en lecciones, por el mero hecho de entender a cada paso, el para qué del pasado.

Olor a calor. A flores silvestres y asfalto. Camino por delante. También pasado ya atravesado. Ambos, juntos a un lado. Por delante el trayecto, la ilusión de lo esperado y el aprendizaje de lo inesperado. Juntos, ambos, en la misma carretera, tocando de pies al asfalto, sintiendo el amor a cada paso, con el corazón entre uno y otro y la mente en el momento. Memento al detalle, a la vida y a lo verdaderamente relevante.

Vida, amor, camino, experiencias, propósito y detalle. 

Sámsara.

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La ducha. SÁMSARA

El agua corría por su espalda, deslizándose por su desnuda piel, limpiando y llevándose los restos de jabón. Estaba caliente y provocaba una sensación agradable en contraste con el aire frío del ambiente.

El vapor de agua ascendía sobre su cabeza y se pegaba en las paredes del cuarto, perlando los azulejos y cristales de la ventana. Allá afuera soplaba el viento fuerte que hacía mover las hojas de los árboles en un frenético oleaje, un vaivén intermitente.

Era una mañana desapacible, pero en el interior del baño se perdía la noción del tiempo. El exterior quedaba amortiguado como alejado de su conciencia. No pertenecía a su mundo si no a un más allá, cercano a pesar de todo.

Volvió a enjabonarse, frotando vigorosamente primero, para pasar a hacerlo con mimo, después. Algo hizo que prestara atención a lo que estaba haciendo. Hoy, realmente, no tenía prisa. Era un día cualquiera, pero tenía la mañana libre por cuestiones de su trabajo y pudo permitirse no salir de la ducha con las prisas matutinas.

Siguió frotándose con los dedos de sus manos, primero los antebrazos, sintiendo el tacto de la espuma jabonosa en el vello. Empezó a dibujar círculos sobre su piel, siguiendo por sus brazos. Era como si mientras se frotaba con calma, estuviera abrazándose al mismo tiempo.

Suspiró relajadamente, exhalando el aire caliente a través de sus labios fruncidos, mientras cerraba los ojos para deleitarse en el momento. Siguió abrazándose mientras se enjabonaba frotando delicadamente, haciendo círculos concéntricos.

Sintió que esa pausa en lo cotidiano tenía mucho que ver con el amarse a uno mismo. ¿Porqué siempre tantas prisas? Se sorprendió haciéndose esa pregunta retórica en su interior. Ni se molestó en contestarla, porque ese hecho hubiera puesto mente y razón a un momento mágico e íntimo como ese.

Se frotó el cuello, con suavidad. Ya no sentía ningún tipo de urgencia. Y mientras lo hacía prestó atención plena a la calidez del agua que caía sobre su cabeza. Agua inagotable y cómoda, solo tuvo que mover su cabeza, ladearla de un modo tal que el agua cayera sobre sus hombros. Que maravilla disfrutar de ese lujo tan escaso para otros.

Sintió una sensación de agradecimiento. Un calor interno que fue invadiéndole. Una sensación de paz y armonía que hacía tiempo que no sentía. Y precisamente a eso se dispuso en ese preciso instante. Se dispuso a sentir.

Y sintió la calidez del agua en la piel de su espalda, sintió el aroma del jabón. Sintió la humedad y el calor en su cuerpo. Sintió amor y compasión por su ser, por su cuerpo. Sintió chapotear sus pies en el agua de la ducha, sintió el olor ligero al cloro del agua tratada. Sintió el placer de frotar sus nalgas con el jabón, también su sexo.

Era el placer de sentir, sin prisas. La esquisitez del momento que no tardaría en pasar, pero que ahora era tan presente. Instante que perdura lo que un guiño. Presente que en breve será pasado. Por eso sintió, más que nunca en otros momentos, el valor de las sensaciones.

Inspiró el aire profundamente. Recogiendo aromas del presente. Sintió cómo el aire caliente se introducía en sus adentros que inflaron su pecho y su abdomen para, luego, al poco, dejarlo escapar acompañado de un tibio gruñido. Entrebriendo la boca y emitiendo una ligera exclamación de libertad.

Dejó ir, ahora, el aire a través de sus labios que formó un remolino entre los miles, no sé si millones, de partículas de agua en suspensión. Cerró los ojos en gesto placentero, echando el cuello hacia atrás mientras continuaba con su ritual. Hacía tiempo que no se permitía un momento tan mágico.

Finalmente, cuando se sintió en paz, en armonía con su ser, hizo el gesto de terminar. Cerró la llave del agua y se quedó en silencio. Los brazos inertes a lo largo de su cuerpo. Sintiendo ahora el contraste al no caer ya el agua sobre su cuerpo. Un estremecimiento recorrió su cuerpo como un latigazo eléctrico. Circunstancia que cerraba esa momento mágico.

Ahora, mientras buscaba con la mirada la toalla para secarse, supo que el momento presente era eterno. Pues a cada instante le sucede otro. Y a otro, otro más. Ninguno es igual, ni permanece inalterado.

Alargó la mano para coger su albornoz mientras con ese gesto daba paso a la continuidad de nuevos momentos, o quizás, continuos presentes.

SÁMSARA

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